Debate sobre el Estado de la Nación
El debate sobre el Estado de la Nación ha sido el último encuentro dialéctico entre Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero antes de las elecciones, y ha constituido un bronco resumen de la actividad parlamentaria llevada a cabo en la presente legislatura. Cada cual ha estado en su papel: Zapatero ha confirmado una vez más que es un orador bastante limitado, y Rajoy que es un mago de la palabra, a pesar de las rigideces que impone el reglamento del Congreso a los diputados de retórica más distinguida.
La oratoria del líder popular es ingeniosa, irónica, se presta a los juegos de palabras, posee un léxico anómalamente amplio para ser un político y en ocasiones resulta divertida. Se nota que Mariano Rajoy se escribe sus propios discursos. En cambio, las intervenciones del Presidente del Gobierno son monótonas, aburridas y previsibles. Rodríguez Zapatero abusa demasiado de la repetición, trastabilla frecuentemente y recita demasiadas frases inconexas.
Rajoy, consciente del limitado tiempo del que dispone, sabe bien su papel. Con pocas palabras describe la actualidad nacional. Cuestiona el idílico panorama que le ofrece Zapatero y rápidamente se ocupa de las cuestiones más importantes de la política española. Tacha la nueva asignatura educación para la ciudadanía de “catecismo socialista”, lo que merece la respuesta de “mentira intolerable” en palabras de Zapatero. El líder conservador rechaza de manera más que brillante el inútil revisionismo que supone la Ley de Memoria Histórica que plantea el Gobierno y habla ampliamente sobre la política antiterrorista. Demanda elocuentemente a Zapatero explicaciones en la Cámara de sus conversaciones con ETA, puesto que fue el Congreso de los Diputados quien le concedió un aval para iniciarlas. Le ofrece su apoyo para derrotar al terrorismo, pero no impunidad ni complicidad en el mal llamado proceso de paz y finaliza la cuestión con un lapidario “paz sin derrota de ETA no sé qué es”.
Las réplicas de Zapatero tienen la ventaja de que no tienen límite de tiempo, pero no por ello son mejores. El Presidente del Gobierno ha definido bien su intervención cuando ha calificado a Rajoy de “faltón”. En efecto, el discurso de Zapatero ha sido muy duro en las formas, con frecuentes e impropios ataques personales al líder de la Oposición. Éste se ha mantenido pacientemente en su sitio limitándose a tildar la actitud de Zapatero de “tabernaria”.Casi parecía la defensa del cazador cazado que para esconder sus propios errores, trata de destacar las faltas ajenas. Con este propósito, Zapatero ha repasado la carrera política de Rajoy para sorpresa de propios y ajenos. Tal era su fijación en el parlamentario popular que empezaba sus intervenciones con un escueto “señor Rajoy”, mientras que el político gallego lo hacía, más correctamente, dirigiéndose a toda la Cámara. Progresivamente más calmado, el Presidente del Gobierno ha recordado por enésima vez la guerra de Iraq y ha criticado la actitud de la Derecha frente a la política de España respecto a Cuba, como si la postura del Gobierno español no fuera cuanto menos neutral y no beligerante frente a la tiranía castrista.
En términos de políticas concretas, el debate tampoco ha carecido de interés. Poco a poco, Rajoy dejaba entrever que la legislatura tocaba a su fin y que el adelanto de las elecciones se hacía necesario. Finalmente, confirmaba sus intenciones en uno de los mejores pasajes del debate, cuando al hablar de las reuniones del Gobierno con ETA animaba a Zapatero a mostrar “las actas que demuestren su inocencia o (…) tomar (…) el camino de la Zarzuela”. El Presidente del Gobierno cogió el guante y aseguró que agotaría la legislatura.
En su conjunto, el debate duró alrededor de 3 horas y se vio alargado por un último turno de palabra que generosamente concedió el Presidente del Congreso, Manuel Marín, a los oradores. Los discursos se vieron frecuentemente interrumpidos por aplausos y abucheos que deslucieron más que ambientaron la pugna parlamentaria. Anecdóticamente, Rajoy usó una palabra tan lejos de lo políticamente correcto como “patria”, mientras que Zapatero ganó credibilidad cuando pronunciaba el vocablo “España”. Éste último consiguió el desprecio eterno de los liberales cuando negó la afirmación de Rajoy que decía que “si no hubiera Gobierno la economía hubiera ido igual de bien”.
En definitiva, el resultado del debate es incierto debido a las limitaciones de tiempo e intervenciones que la Cámara baja fija en su reglamento de funcionamiento. Aunque resulta patente la superioridad de Rajoy frente a Zapatero en este tipo de cara a cara, este formato de debate no permite discernir con certeza quién es el ganador. Se necesitaría para ello tiempo y número de intervenciones sin límite para que, consciente de su inferioridad y / o sabiéndose vapuleado por su adversario, uno de los dos políticos se rindiera. Ayer, Mariano Rajoy estuvo mejor, pero no ganó el debate y José Luis Rodríguez Zapatero estuvo mal, pero tampoco lo perdió. El Presidente del Gobierno sabía que sólo tenía que aguantar hora y media la embestida del mejor orador del Parlamento. Y así lo hizo.








